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de la globalización al desacoplamiento: el fin de la ilusión tecnológica compartida

fecha noviembre 6, 2025

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Hace unas semanas, China anunció que prohibiría la exportación de tierras raras y de las tecnologías vinculadas a su extracción y procesamiento; la reacción en Estados Unidos y Europa fue de indignación, ya que lo interpretaron como un chantaje que atentaba contra sus intereses. Más allá de la ironía de que Washington experimente ahora el trato que suele dispensar al resto del mundo, surge la pregunta: ¿por qué esta medida resultó tan trascendental y qué consecuencias acarreó?

Las tierras raras conforman un conjunto de elementos químicos fundamentales para la fabricación de tecnologías; sus propiedades eléctricas, magnéticas y ópticas las hacen imprescindibles en productos que van desde vehículos eléctricos y sistemas de energías renovables hasta semiconductores y dispositivos de consumo.

China produce aproximadamente el 90 % de las tierras raras del planeta y controla un porcentaje similar de su capacidad de procesamiento y refinado. De ahí que, sin el acceso a estos minerales y a las tecnologías chinas que los transforman, la industria tecnológica occidental correría el riesgo de sufrir interrupciones capaces de paralizar parcialmente muchos mercados.

Consciente de su vulnerabilidad, Estados Unidos hizo todo lo posible por revertir la medida: Donald Trump amenazó con nuevas tarifas y controles y barajó la idea de prohibir a las empresas chinas utilizar software estadounidense. Europa, a su vez, con escasa visión estratégica y sometida a la agenda de Washington, confiscó Nexperia, una firma holandesa de semiconductores adquirida por capital chino.

Sin embargo, la realidad geoeconómica se impuso y acabó llevando a Estados Unidos a la mesa de negociación, al tiempo que sumió a Europa en una crisis de producción que exigió una intensa labor diplomática.

Las negociaciones entre China y Estados Unidos culminaron en una pausa de Pekín a sus controles sobre las tierras raras y en un compromiso de adquirir productos agrícolas norteamericanos. Washington, por su parte, accedió a reducir aranceles y a suspender temporalmente su lista negra que vetaba a las tecnológicas chinas en su mercado.

Para Europa el panorama es más complejo; encajonada entre los intereses de Washington y Pekín y sin una opción soberana, la UE se ve obligada a hacer malabarismos: debe complacer a Estados Unidos sin cerrar la puerta a China ni arruinar su propio sector tecnológico.

Más allá de valorar la negociación como un éxito, es ingenuo creer que se ha alcanzado un equilibrio; en realidad, solo se ha interpuesto una pausa en la ruptura sistémica entre ambas superpotencias, en donde los países que no producimos tecnología seguiremos atrapados entre la visión de nuestros gobiernos, el pragmatismo comercial, la configuración de las cadenas productivas y el poder de las élites que determinen las opciones de actores como Francia, Alemania, México o Japón.

¿Y entonces qué futuro nos espera? Las declaraciones de Trump tras su encuentro con Xi Jinping y el saldo de los diálogos entre Estados Unidos y Rusia sugieren un reparto tácito del mundo en zonas de influencia y seguridad. Ello augura un equilibrio precario a escala global y un caos intermitente en lo regional y lo local, alimentado por intereses imperialistas al estilo de la Guerra Fría.

Estas tensiones pueden plasmarse en el mercado tecnológico de varias maneras. Un primer escenario apunta a una pausa táctica: China y Estados Unidos mantendrán sus sistemas conectados mientras trabajan para romper la dependencia mutua; una vez alcanzada esa meta, se reinstaurarían controles, restricciones y sabotajes para impedir que la tecnología del rival circule en sus territorios o en terceros países; al mismo tiempo, presionarán a sus aliados y vecinos para que renuncien a la tecnología adversaria.

Un segundo escenario plantea que ambas potencias concluyan que conviene mantener cierto nivel de interdependencia y cooperación, al menos en sectores específicos. En ese caso, el sistema tecnológico no se fracturaría, sino que adoptaría una cooperación beneficiosa para preservar sus dominios regionales y una macroeconomía estable. No obstante, esta perspectiva se asemejaría a un conformismo de crecimiento limitado, contrario a las fantasías capitalistas e imperialistas de expansión infinita.

Como se observa, las dos tendencias generales del sistema tecnológico entre China y Estados Unidos son la ruptura o el mantenimiento de relaciones, a partir de ahí se definen las modalidades y el calendario de esa ruptura o continuidad. Sin embargo, en el corto y mediano plazo un quebrantamiento total parece improbable, sobre todo por el alto grado de interdependencia entre ambas economías. Por tanto, el futuro del sistema tecnológico mundial depende del ritmo de ese desacoplamiento, un proceso que se adivina lento pero firme.

En cualquiera de los escenarios la incógnita será qué países decidirán alinearse y cuáles buscarán un camino propio. México es un buen ejemplo: aquí crece la presión estadounidense para expulsar la tecnología china de distintos sistemas nacionales, amparándose en la seguridad nacional y en el T‑MEC. Tal estrategia, previsiblemente, Washington intentará replicarla en todo el mundo.

En conclusión, la disputa por las tierras raras ha desnudado el talón de Aquiles de las economías modernas: la tecnología de punta descansa en cadenas de suministro concentradas y frágiles y al intentar explotar su posición dominante, China sacudió el tablero y obligó a Estados Unidos y Europa a negociar desde la debilidad. 

Sin embargo, la tregua obtenida es apenas un parche: la pugna hegemónica seguirá tensando el sistema; para los países intermedios la lección es evidente: sin soberanía tecnológica, solo queda obedecer reglas ajenas, por lo que ha llegado la hora de apostar por la diversificación, la cooperación regional y la innovación propia para no quedar atrapados en un conflicto que nos es ajeno.