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tecno-religión, poder y nuevas deidades. de la fe en dios a la fe en el algoritmo

fecha octubre 15, 2025

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Resulta usual que cuando se piensa en religión se le asocian diversas áreas de la actividad humana como el trabajo o las relaciones; sin embargo, es muy raro que la religión sea asociada a la tecnología, ya sea por la censura histórica ejercida contra el avance científico tecnológico o porque la religión tiene una naturaleza tradicionalista que se contrapone al dinamismo y progresismo tecnológico, o al menos eso se piensa.

Contrario a la supuesta incompatibilidad que muchas personas le atribuyen a la relación religión-tecnología, a lo largo de la historia no sólo diversos científicos han sido fuertes creyentes religiosos como Albert Einstein o Issac Newton, sino que también han existido personajes religiosos que han contribuido al desarrollo científico, tal como Gregor Mendel, Nicolás Copérnico, Avicena o Vesalio.

Además, muchas religiones se valen de la tecnología para llegar a más fieles, incrementar su influencia política o para ayudar en sus actividades cotidianas, tal como sucedió con la imprenta, la radio, la televisión o el internet; ni se diga del uso de dispositivos que van desde las computadoras hasta los micrófonos. Tecnología y religión no son ajenos.

No obstante, la llegada del mundo digital significó un cambio en la comunicación, la captación de adeptos para diversas religiones y, a diferencia de otras tecnologías, en las practicas religiosas, pavimentando el camino para que en algún momento la propia tecnología se convierta en una religión o, más aún, una deidad.

Y es que la imprenta, la radio, el telégrafo o la televisión funcionaban como un canal unidireccional entre el emisor y el receptor; sin embargo, con la tecnología digital esta relación cambió, ya que ahora los adeptos pueden ser también emisores y mantener conversaciones y debates. Asimismo, la versatilidad de los canales digitales ha permitido transformar la práctica religiosa como la oración, la adoración, la educación y hasta a las propias instituciones religiosas.

Lo anterior se suma a la actividad e influencia política de diversas instituciones y actores religiosos, los cuales han encontrado en la tecnología digital una aliada indispensable para sus ambiciones, tal como lo veremos.

En el caso de la oración, han aparecido diversas aplicaciones para ayudar en la oración, no sólo en el caso del cristianismo, sino en el islam, el judaísmo, hinduismo, etc. En este sentido, algunos países se han valido de tales aplicaciones de oración para aumentar y mantener su influencia a nivel internacional, tal como lo hace Arabia Saudí, los cuales han creado sus propias aplicaciones de oración como la KSU Qunran App.

En lo que respecta a la adoración, la tecnología ha ayudado a las autoridades religiosas a amplificar su mensaje y audiencia, ya sea a través de redes sociales, plataformas de videos o podcasts, el problema es que esto también ha significado una ambigüedad en la interpretación y el ascenso de charlatanes y figuras sin ninguna preparación.

También han aparecido nuevos entornos de adoración, oración y hasta educación, así como es el caso del incipiente metaverso, en donde se han llevado a cabo misas en línea con presencia virtual a través de avatares y lentes de realidad virtual.

La educación religiosa también se ha valido de la tecnología, ya sea para crear cursos, material educativo o entornos de aprendizaje; además, la tecnología se ha incorporado al currículo escolar de distintas religiones, con materias como ingeniería o computación.

Igualmente, la tecnología ha tenido gran influencia en las instituciones religiosas, ya que, en casos de religiones como la cienciología, el Falun Gong o la Santa Muerte, internet fue vital para que estas religiones crecieran y se popularizaran.

No se diga del caso del evangelismo en América Latina, en países como Brasil la iglesia evangélica se ha convertido en un actor político relevante por cuenta propia, cuyas capacidades tecnológicas incluyen canales de internet y televisión, influenciadores, celebridades de internet, páginas web y todos los adelantos que el dinero pueda comprar y usar para sus agendas político-religiosas, tal como pasó con la elección de Jair Bolsonaro en 2018.

En la arena política la mancuerna tecnología y religión se ha manifestado en tensiones entre avances y retrocesos, tal como sucede con el fenómeno de la popularización religiosa frente a la polarización; por un lado, la tecnología ha permitido el fortalecimiento y hasta el nacimiento de nuevas religiones, como el Pastafarismo o el Raelianismo. Por el otro, esta relación también ha facilitado la polarización social que puede desembocar en la violencia real, tal como sucedió con el extermino contra los Rohingyas en Myanmar, en donde Facebook jugó un papel preponderante.

Un caso más radical sucede entre la secularización y la reconfiguración espiritual, dado que la tecnología ha debilitado la autoridad, valores y atractivo de la religión frente a las nuevas generaciones; sin embargo, esto ha venido acompañado del ascenso no sólo de nuevas religiones, sino de la conversión de la propia tecnología en la religión y, más adelante, en la creación de un dios o la transmigración de una clase social a dioses.

Lo anterior puede verse más claramente conforme aparecen, se extienden y formalizan sistemas tecnológicos como la genética, la inteligencia artificial, la robótica o la biotecnología, ya que estas tecnologías están abriendo el paso a ideologías y debates que impactan frontalmente a algunos principios religiosos, tal como la posibilidad de crear vida, modificar a seres vivientes, crear nuevas especies, extender la vida o construir entidades omniscientes. Esta transformación no solo amenaza diversos fundamentos religiosos, sino que se vislumbra que pueda dar pie a nuevas religiones en donde personas, grupos y hasta tecnologías se conviertan en seres divinos o entidades de adoración.

De esta manera, el vínculo entre religión y tecnología no sólo se manifiesta en la transformación de las prácticas o en la expansión de la fe a nuevos entornos digitales, sino también en la redefinición de lo sagrado y de las propias jerarquías de poder.

Hoy, las máquinas, los algoritmos y los sistemas inteligentes comienzan a ocupar un lugar simbólico que antes pertenecía exclusivamente a las divinidades, no porque sean capaces de crear milagros, sino porque determinan la realidad a través de la información, el control y la vigilancia.

Frente a ello, la humanidad parece debatirse entre la fe tradicional y la adoración a una nueva deidad construida con código y silicio. La tecnoreligión no sólo representa una evolución del pensamiento espiritual, sino la confirmación de que la necesidad de creer persiste, aunque los templos cambien de forma y los dioses adopten rostro de pantalla.